

El Tribu Festival volvió a convertirse en un espejismo cultural en pleno corazón de Burgos. Un oasis musical que mantiene su esencia intacta con un cartel fresco y diverso, alejado de las fórmulas seguras que dominan otros festivales. En tiempos en los que muchos priorizan los nombres conocidos, el Tribu sigue reivindicando ese espíritu casi perdido de ser un lugar para el descubrimiento de nuevos artistas.
Y esa es, quizá, su mayor virtud. Muchos de los artistas que pisaron ayer sus escenarios no estaban ubicados en mi radar, pero ahí reside la magia del Tribu. Y es que, para bien o para mal, es raro que los artistas del festival te dejen indiferentes. El año pasado, sin ir más lejos, descubrí a Carlos Ares, con uno de los directos más sólidos de la escena nacional y que podéis ver en un par de meses en la sala Andén 56, o a Fillas de Cassandra, que se han convertido en mi artista favorita de esa nueva ola de traer el folk tradicional a los ritmos actuales.
Puño Dragón dejándose la piel en el paseo del Espolón
La jornada arrancó con el concierto de Cristina Len, encargada de abrir el festival en el pequeño escenario de los Cuatro Reyes. Su propuesta de pop electrónico con guiños folclóricos convirtió el espacio en una plaza de pueblo improvisada, con la intimidad y cercanía que poco a poco fueron conquistando al público.
Eso sí, poco después de comenzar su concierto, la lluvia volvió a aparecer. Parece casi una ley no escrita del festival. Ya son tres ediciones consecutivas en las que el cielo quiere robar el protagonismo a los artistas. No obstante, paraguas y chubasquero mediante, y con cierto respeto del cielo burgalés, el público resistió bajo la lluvia.

Después llegó el turno de Puño Dragón, sin duda una de las sorpresas de la jornada. Totalmente fuera de mi radar, ofrecieron un directo visceral en el que se dejaron la piel. Con la voz rasgada de Rafa Tarsicio y la crudeza de la de Jano Díaz, construyeron un repertorio de rock alternativo que dialogaba con sonoridades más clásicas y con letras cargadas de amor y desamor.
Una banda que suena a clásico, pero que llega con aire fresco. Con total sinceridad, se abren en canal en sus canciones y sobre el escenario, lo que me obliga a seguirles a partir de ahora a donde sea que quiera la marea, como cantan en Haré lo que pueda.
El poderío de Queralt Lahoz conquista la Plaza Mayor de Burgos
Sin duda, la artista más esperada de la noche era Queralt Lahoz, que desató un auténtico alboroto en la Plaza Mayor de Burgos. Una propuesta urbana que fusiona flamenco con ritmos de hip-hop con el poderío y la fuerza sobre el escenario de la artista granadina.

«Estad con alguien que os haga grande, sentíos poderosas, que nadie tenga miedo a brillar a vuestro lado», dijo la granadina al hablar sobre una relación tóxica que tuvo en su juventud. «Las mujeres poderosas dan miedo. Que nadie os salve nunca», concluía en el speech que servía para presentar su canción No me salves. Una reivindicación en la que también puso en valor a tener personas LGTBI+ cerca «para aprender de la vida».
Unas letras y una actitud poderosa que han consolidado a Queralt Lahoz como una de las artistas más relevantes de la música urbana. Con ese recuerdo a sus orígenes de barrio y a la larga trayectoria que ya lleva sobre los escenarios, en la que ha tenido que pelear por hacerse un hueco en la escena como artista independiente, en un país donde la supervivencia de los artistas es muy difícil sin tener una major detrás.
Bulego y la música por encima de todo

«La música no entiende de idiomas. Seguid con esta mente abierta», así concluía el concierto de Bulego. La banda llegó a Burgos con el objetivo de hacernos bailar, sin importar si entendíamos o no las metáforas de sus canciones, y vaya que lo consiguieron. Sin duda, fue la gran fiesta de esta primera jornada y una de las últimas oportunidades de ver a la banda antes de su parón para trabajar en nuevos proyectos.
El concierto atrajo a numeroso público del País Vasco y sirvió también para reivindicar “un idioma muy pequeño”, como es el euskera, y denunciar la situación que está viviendo el pueblo palestino en Gaza. Porque la música, además de ser disfrute y baile, puede ser también una herramienta para cambiar el mundo.

El cierre llegó con Baiuca, que desplegó su habitual viaje sonoro entre tradición gallega y electrónica contemporánea. Acompañado por sus músicos, construyó un set atmosférico que, aunque más frío que otras propuestas de la jornada, consiguió acercarnos buena parte del folclore gallego y recordarnos por qué es uno de los nombres más singulares de la escena actual.
Hoy el festival continúa desde por la mañana con conciertos de artistas como Barry B, Sanguijuelas del Guadiana, Viva Belgrado, Ortiga o María Arnal. Una nueva oportunidad para seguir descubriendo propuestas en ese oasis musical llamado Tribu Festival.





