

El Tribu Festival 2025 cerró este domingo su edición más multitudinaria, con cerca de 40.000 asistentes desde el jueves. Una celebración que culminó anoche con Rozalén & Fetén Fetén, que pusieron a cantar y bailar al público con música popular.
“Vamos a batir el récord histórico de la Jota del Wasabi”, decía Diego Galaz, que volvió a defender la música popular. “El día que los niños que están aquí no sepan lo que es una rueda de Burgos, esto va a ser como Wisconsin”, bromeaba el músico burgalés, que junto a Jorge Arribas lleva años llevando su tierra y la tradición por bandera, al igual que el Tribu Festival.
Este año, siguiendo la estela de su identidad, el certamen burgalés ha vuelto a apostar por la música de raíz y por defender lo propio. Artistas que toman esas canciones que escuchaban con sus abuelos y las traen a nuestro tiempo para que no caigan en el olvido.

Queralt Lahoz fusionó flamenco y hip-hop; Ortiga llevó la música de verbena de nuestros pueblos al presente con letras, temas y ritmos actuales; y Sanguijuelas del Guadiana, llegados desde la Siberia extremeña, reivindicaron su tierra, sus gentes y las problemáticas que sufren muchos jóvenes de la España vaciada.
Un festival que se ha hecho un hueco en el circuito musical con identidad propia, creando un pequeño oasis en un panorama cada vez más volcado en nombres conocidos y apuestas seguras, que a menudo dejan al margen a artistas emergentes y propuestas originales.
La poesía de Pedro Pastor y el desenfreno de Quentin Gas y Los Zíngaros

Pedro Pastor, acompañado de sus habituales compañeros de viaje, Los Locos Descalzos, abrió la jornada matinal del domingo en el Tribu Festival. “Palabras que son torpedos para romper las mordazas. Palabras que llenen plazas, que enciendan entendederas”, cantaba en su ya mítico Ejército mi escritura. El artista madrileño, siempre reivindicativo en sus letras, hizo bailar y reflexionar al público desde primera hora.
Tras él, llegó Quentin Gas y Los Zíngaros, con su fusión de flamenco, rock y psicodelia, que puso patas arriba el Paseo del Espolón. Con una actitud de rockstar que parecía salida de una película de Scorsese, Quentin Vargas, líder de la formación salió a devorar el escenario y a reivindicar el desenfreno y la garra de la música en directo.

“No escuchéis playlists. Si escucháis solo dos canciones no conocéis a una banda”, clamó, defendiendo los álbumes frente a las nuevas modas de la industria. Su banda se dejó la piel en el escenario y no faltaron las proclamas políticas: “Israel, Estado genocida”, gritó, en un concierto que pasó de la sorpresa inicial de muchos a una conexión pura con el público, terminando sobrevolando el paseo del Espolón.
Otra de las sorpresas del festival fue Rosalinda Galán. En el pequeño escenario de los Cuatro Reyes, acompañada por Ainhoa Buitrago, rindió homenaje a Andalucía y a su canción popular. Una propuesta que fusionó electrónica y flamenco, transformando el paseo burgalés en una plazuela de barrio andaluz.

La sesión vespertina la abrieron los burgaleses Luna Club. La voz cálida de Claudia Halley sumergía entre el rock y el desenfreno de su banda. Presentando sus primeras canciones y sumándose a la larga lista de bandas que alimenta una nutrida escena burgalesa con cada más propuestas variadas e interesantes.
Burgos y Albacete se coronan con Rozalén & Fetén Fetén
Rozalén & Fetén Fetén se reencontraron ayer en una Plaza Mayor abarrotada en el que fue el concierto más multitudinario de la historia del festival. Un canto a la música popular, a la gente buena y a la unión a través de las canciones.
A pesar de las dificultades por falta de visibilidad y potencia del sonido, ayer Burgos fue una auténtica celebración de la música en directo. La Plaza Mayor vivió un concierto único e irrepetible, ya que estaban ante un repertorio que nunca suelen hacer. Diego Galaz, Jorge Arribas, María Rozalén acompañada de la interprete de lenguaje de signos Bea Romero se unían en el escenario para celebrar la música con mayúsculas.

Una apuesta sencilla, sincera y cercana que, pese a la multitud, transmitió la intimidad de una sala pequeña o de una tarde de verano junto a nuestros abuelos. Un concierto que puso en valor la música frente a las divisiones políticas. “Estamos en un país que se pelea por sus banderas y desconoce la música que bailaban sus abuelos”, recordaron.
Aunque también hubo espacio para la reivindicación. “Burgos necesita una Escuela Municipal de Música. Que no se haga política con la cultura. Esto es burocracia, y la burocracia es muy lenta”, señaló Galaz. Rozalén, por su parte, quiso acordarse de los afectados por los incendios y por la DANA del año pasado que azotó Letur, su localidad natal.
«La mayoría de la gente merece la pena. La verdad y la luz siempre está por encima.», dijo la albaceteña antes de cantar Mar en el Trigal, la única canción que ha compuesto juntos a Fetén Fetén. Una canción que invita a dejar de ver todas esas cosas que nos nublan y que solo nos hacen ver el fallo, y empezar a disfrutar de la belleza de la vida.
No faltaron temascomo 80 veces o GIrasoles, ni una versión de Nubes de papel, de Depedro, que hacían al cuarteto imponerse ante la lluvia. Aunque empezaron a caer varias gotas y muchos decidían buscar refugio, el chaparrón no fue lo suficiente para impedir que el festival de Burgos tuviera un cierre de fiesta por todo lo alto.
El Tribu Festival cierra así su undécima edición demostrando que su verdadera bandera es la música. Esa que une a través de melodías llegadas de todos los rincones del país y que, incluso al reivindicar lo malo, devuelve la esperanza de que merece la pena vivir.



