

Llegó el día grande del Sonorama Ribera, ese en el que todas las miradas están puestas en el escenario principal. El día de celebración por excelencia, el día de sold out y el día de gasto extra en confeti y drones.
Ya lo avisaba Javier Ajenjo, director del festival: «Hoy hay que mirar hacia el cielo. La magia no la paran las alertas rojas de incendios». Y es que prepararon un espectáculo de drones en el que dieron las gracias, homenajearon a Tara, compañero de la organización fallecido este año, y pidieron paz para Palestina proyectando su bandera en el cielo de Aranda; justo antes de dar paso a Arde Bogotá, el gran cabeza de cartel de la noche.
Y ese día, fue en los rincones donde encontramos delicias. Si tuviéramos que definir la jornada con una palabra sería ‘esencia’. Disfrutamos de numerosas propuestas originales, no por lo sorpresivas, sino por lo auténticas. Propuestas que van de cara, con el sello personal por delante. En un mundo donde muchos suenan a todos y todos suenan a muchos, aún hay quienes eligen sonar solo a sí mismos, y ayer salvaron la última noche del Sonorama Ribera 2025.
Las voces femeninas dominan el escenario
Pudimos ver varios proyectos femeninos en los escenarios del Sonorama Ribera 2025, lo que nos hacen pensar que hay alguien ahí detrás programando en términos de igualdad, o al menos prestando atención al talento femenino, lo que es una alegría después del análisis sobre la programación en Burgos que vimos hace unos meses.

Abrimos boca con Gara Durán en el escenario Glo Music Hall, que nos deleitó con su voz arrulladora, una voz que te mece y te arropa, que ondea como los campos castellanos en verano cuando sale la brisa del norte. Una Gara que, arropada por «su segunda casa», hizo del repertorio un lugar donde mostrarse a voz y teclado. Una declaración de intenciones y una presentación eficaz e intimista de su proyecto donde nos dejó ver su Kryptonita.
Después llegó Amaia, un claro ejemplo de artista que suena a sí misma y a nadie más. Un claro ejemplo de esencia. Con la naturalidad por bandera hizo alarde de voz, piano, arpa, guitarra y todo lo que se la pusiera por delante.

Consiguió algo histórico en los tiempos que corren, y más aún en el Sonorama, el silencio del público. Entre risas y «sin querer mandar callar a nadie» pidió silencio en una canción que defendió solo a voz y arpa. Todo a lo Juan Palomo, «yo me lo guiso y yo me lo como». Fue un momento realmente especial, sentirnos todos parte de una multitud que se embelesa con la canción y disfruta desde el respeto al artista y a su trabajo. Ojalá fuera la norma y no la utopía.
Las letras de Amaia hablan de la cotidianidad de la vida y de la muerte, combinadas con los bailes más pizpiretos al puro estilo Olive de Pequeña Miss Sunshine. Aquella película habla del fracaso, pero lo que hizo anoche Amaia no es más que puro éxito. El éxito de aquel que se permite ser, sin filtros, máscaras ni moldes, tal cual es.

En este punto, quiero aprovechar la oportunidad para revindicar los festivales como lugar de búsqueda y revelaciones. Abogo por volver a la raíz de los festivales, la de dejarte sorprender. Acercarte a descubrir artistas quizá menos conocidos (al menos para ti), pero que tienen propuestas perfectamente válidas. Y en estas me encontraba yo cuando me topé con Paula Mattheus, un nombre desconocido en mi Spotify, pero que me sorprendió por su calidez y la conexión del público con sus letras. Y es que los festivales son la ocasión perfecta para abrir tus horizontes musicales.
Otra artista que seguro que sorprendió a muchos fue Judeline, que puso la guinda al pastel con una apuesta muy cuidada sobre el escenario. Vestuario, bailarines y hasta una estructura piramidal con columpio con la que iban jugando en las canciones.

De nuevo, el espacio parecía quedarse pequeño para todos los asistentes allí presentes, que se arremolinaban al fin del concierto de Arde Bogotá para ver a la jerezana. Un pop futurista que al mismo tiempo sonaba a tradición y es que la artista confesó haber creado buena parte del álbum allí mismo, en Aranda, junto con Drummie.
El cierre femenino lo puso Delaporte con una fiesta techno que clausuró el día grande por todo lo alto cuando los asistentes aún parecían resistirse al sueño incluso después de cuatro días de música mañana y tarde. Es un gusto cuando se permite a los proyectos femeninos encabezar los carteles de festivales tan grandes como el Sonorama Ribera, desde la apertura hasta el cierre.
Una apuesta sonorámica por el rock
El festival, que tantos han catalogado como el festival indie por excelencia a lo largo de todos estos años, aunque el propio Ajenjo declaraba el viernes que «lo del indie como etiqueta no he creído mucho en ello nunca», apostaba este año de forma clara por el rock.
Desde la sorpresa poco sorprendente de Alcalá Norte en la Plaza del Trigo hasta Duncan Dhú en el escenario Ribera, el rock llenó ayer Aranda. El público del Sonorama cantó himnos como ‘Cien gaviotas’, canciones que se han convertido ya en clásicos intergeneracionales.

La magia surgió también lejos de los escenarios principales con Carlos Ares y su banda, cuyo mayor mérito y reto fue sonar tan bien en un recinto que no cuenta con el mejor sonido y un espacio reducido. Nosotros le descubrimos en otro festival, el Tribu. Allí ya nos encandiló y ayer no defraudó. El gallego tuvo, como viene siendo costumbre, uno de los directos con mejor sonido del festival, y se vio arropado por un público que llenaba incluso el camino lateral al escenario. El violín y la pandereta traían de nuevo la esencia, lo auténtico, lo de puño y letra, y se entremezclaban con las voces que coreaban aquello de «Y al firmamento pongo por testigo, yo he sido mi único y peor enemigo».
Después llegó Cala Vento, a demostrar una vez más que no necesitan más que una batería y una guitarra sobre el escenario. Solo eso bastó a los de los de L’Empordà para arrancar bailes, saltos y pogos durante toda la hora de concierto. Un ‘Brindis‘ a sus diez años que sonó como una consolidación de un trabajo, sin duda, auténtico.

Para Aleix y Joan los diez años han sido «un buen año», fieles a su estilo, a su forma y a su energía, una década de construcción ladrillo a ladrillo, que han dado lugar a un proyecto estable y con fundamento. Y sobre todo muy disfrutable.
Otra sorpresa rock desconocida fueron The K’s. Aunque los británicos parecían sentirse un poco fuera de lugar ayer en Aranda, defendieron su propuesta y atrajeron a algunos que saltaban con sus letras en primera fila dejándose la piel.
Poco a poco concentraron más público y se ganaron a muchos que, a pesar de no conocerlos, se quedaron a escuchar cómo sonaban sus guitarras, a descubrir nueva música a la que volver cuando el festival acabe y solo quede el recuerdo de lo que vivieron. Y es que esto es gran parte de la esencia que se ha ido perdiendo en los festivales.

Víctor Rutty fue otro de los grandes conciertos de la noche que, a pesar de la hora tardía, concentró a multitud de público. El rapero burgalés lleva siempre la autenticidad y la esencia por bandera, desde sus orígenes, con los pies en el suelo y currando duro para sacar su música adelante. Un trabajo que sabe reconocer su público, dentro y fuera de Burgos.
No hacía falta descubrimiento para Arde Bogotá, que se han convertido en uno de los grandes cabezas de cartel rock del momento, y aunque no son mi grupo favorito, he de reconocer que reunieron a una multitud que respondió a aquello de «ven a bailar cariño, una canción de mierda» coreándolo una y otra vez.
Ayer, se puso punto final a la vigesimoctava edición del Sonorama Ribera, aunque la fiesta siguió hoy en las calles de Aranda. Un festival que hace tiempo que perdió su esencia para convertirse en un evento multitudinario. Y, entre tanto artificio, fue la autenticidad y la esencia de los artistas la que volvió a salvar la noche.


