

La última vez que vine al Sonorama Ribera me prometí a mí mismo no volver jamás. El que durante años consideré uno de los mejores festivales a los que había asistido, y no han sido pocos, acabó convirtiéndose en una fiesta masificada que se parecía más a un botellón con conciertos de fondo que a la gran celebración del pop-rock español que quieren vender.
La principal razón por la que dejé de ir no fue el cartel ni problemas con la organización, sino el público: la falta de respeto por la música y por quienes queríamos disfrutarla.
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Ese cambio de ambiente es algo de lo que la propia organización es consciente. El propio Javier Ajenjo, director del festival, lo reconocía ayer durante la rueda de prensa de Carolina Durante: “Parece que hemos convertido los festivales en parques de atracciones, pero hay que ver los conciertos y cantar”.
Mi última edición fue en 2021, justo después de la pandemia, cuando el festival terminó de explotar y, gracias al boom de este tipo de eventos, prácticamente todos empezaron a colgar el cartel de sold out. Ya en 2019 se iba dejando atrás ese espíritu de festival familiar, de pueblo y para todos, para convertirse en un evento pensado para maximizar el rédito económico, lo cual, por sí mismo, no es algo negativo.
La etiqueta “indie” también pierde fuerza. La incorporación de música urbana y con buena parte del cartel ligados a grandes sellos hace que el festival se aleje del perfil original, aunque, creo que en este caso es un acierto, abriendo el festival a más géneros y artistas.
Aun así, decidí darle esa segunda oportunidad, a ver si el espíritu del Sonorama sigue presente, aunque sea de manera más tenue. Eso sí, no pudimos acercarnos al pueblo, nuestros trabajos, fuera del periodismo, nos retuvieron en Burgos hasta bien entrada la tarde. Como cantaba Víctor Rutty en El Tiempo Pasa: “Somos pobres y currantes”. Precisamente él actuará esta noche a las 3:00, junto a Rober del Pyro y DJ Kaef.
Un festival que mejora… pero sigue con asignaturas pendientes
El festival ha dado pasos adelante: baños más grandes y limpios, mejores accesos, barras más ágiles y espacios algo más cómodos. Pero sigue un paso por detrás de otros grandes festivales. Cuando vas a un evento que reúne a más de 30.000 personas por jornada, esperas que esté a la altura… y el Sonorama aún no lo está.
El principal problema está en el sonido. Cerca del escenario, la calidad es aceptable, pero basta alejarse un poco para que el audio pierda definición, saturándose y distorsionándose, haciendo que a ratos, la música fuera más ruido que música.
A esto se suma que los escenarios se sitúan uno delante de otro y, en ocasiones, el sonido del principal se solapaba con el de los escenarios del fondo. Un problema que podría solucionarse con una torre de sonido complementaria, pero la ausencia de esta obliga a dar más potencia a los altavoces principales… y eso no ayuda.
Quizá el espacio ya esté al límite. O quizá haya demasiados escenarios y demasiados artistas para un mismo aforo. Porque, en muchos conciertos, el público no responde como debería, ya sea por saturación o por simple falta de interés.
El rap arandino deslumbra bajo el sol abrasador

Aun así, la música sigue siendo el alma del Sonorama. La primera gran cita de la tarde fue en el escenario Glo Music Hall, donde el calor apretaba, pero Kalas, Legend y Kopoet decidieron darle más calor a base de rimas. El trío arandino, con años de experiencia a sus espaldas, vivía su estreno en el festival de casa. “En cada concierto somos los de siempre… y algunos más”, decía Kalas, resumiendo esa forma de entender la música: conquistar al público uno por uno, concierto a concierto.
Una propuesta de rap social con letras directas, mensajes que esquivan el autotune y lo impostado, nacidos en la calle y en los corros de freestyle. Sobre la base de un hip-hop underground que a ratos se mezcla con ritmos flamencos, levantaron al público con una energía que hizo retumbar el escenario.
Antes, Besmaya había inaugurado el principal con su pop-rock luminoso. Era pronto y el sol pegaba fuerte, pero consiguieron convertir el arranque de jornada en una pequeña fiesta. Después llegó Rufus T. Firefly, con ese sonido onírico y evocador tan característico, y una de las puestas en escena más cuidadas de la noche.
Una noche con himnos que marcaron una generación

Aranda se preparaba para una de esas veladas en que se corean himnos que definieron a toda una generación. La primera banda en subir fue La Raíz, ya parte de la historia del rock español, en su gira de reencuentro.
Defensores de una generación obrera y combativa, del espíritu colectivo frente al individualismo, que impera en redes sociales, cryptobros y discursos de ultraderecha. Siempre el genocidio de Israel contra el pueblo palestino presente. Esa voz de la gente de barrio que volvió a sonar bien alto en Aranda, con la notable ausencia de Pablo Sánchez, vocalista de la banda.

Después, cambio de registro con Franz Ferdinand, responsables de algunos de los himnos que marcaron la escena rock alternativa de los 2000. Take Me Out, This Fire o Do You Want To sonaron como si el tiempo no hubiera pasado. Los más jóvenes los descubrían en directo esperando al siguiente concierto, mientras los veteranos los cantaban con el mismo ímpetu que hace veinte años.
Y entonces llegó el turno de los madrileños Carolina Durante, la cuarta vez que lo hacen en Aranda, la primera fue en 2018 en la Plaza del Trigo. Y si hay una banda que está marcando a toda una generación, son ellos.
Con la crudeza que les caracteriza, regresaron al escenario del Sonorama Ribera para demostrar que ya han trascendido más allá de la música. «Mis amigos suman más que mis demonios» podría ser el lema de una juventud ahogada por un tsunami de ansiedad, crisis económicas, falta de oportunidades y problemas de acceso a la vivienda; pero que, aun así, ha encontrado la luz al final del túnel y ha aprendido a ponerse en valor.
Y es que hay pocas bandas que consigan que gente de todas las edades coree sus canciones a pleno pulmón. Porque ya son algo más que una banda de rock, dentro de ese espíritu macarra, han conseguido poner voz a una generación; y eso pocos artistas lo pueden decir.

Para cerrar este bloque intergeneracional, le tocó jugar en casa a Barry B, que junto a otros artistas como Ralphi Cho, Drummie o Rusowsky, ha sido punta de lanza de un nuevo sonido urbano, libre de etiquetas. La música de una generación más joven, con nuevas inquietudes, pero los mismos problemas.
El de Aranda, se subió al escenario principal del Sonorama Ribera para reclamar la corona como uno de los nuevos referentes de la escena pop-urbana. Un concierto en el que consiguió regalar uno de los momentos más emotivos del Sonorama Ribera 2025. Junto a él subía su prima Garazi, para cantar 40k juntos, una canción que cantaba cuando estaba en el hospital mientras superaba una leucemia el año pasado.
El Sonorama Ribera no es el festival que recordaba y puede que nunca vuelva a ser el festival que a mí me gustaba, pero por encima de eso está la música. Porque a pesar de la masificación o de los fallos de sonido, la música siempre nos salvará, ya sea en Aranda de Duero, en Burgos o en cualquier lugar.






